De hecho las cuestiones en que vierte su indignación son bastante llamativas. Al colombiano que vive inmerso en su marasmo de conformismo burgués le preocupa sobremanera defender la imagen de la institucionalidad en momentos en que su legitimidad está en entredicho, mientras desoye y hasta estigmatiza las demandas sociales de sectores de la población a los cuales ésta muchas veces pisotea, ya que por pura comodidad prefiere plegarse al estrépito de los medios de comunicación privados que reducen descaradamente estas reivindicaciones a intentos de desestabilizar el orden público. El debate que ha suscitado la situación del departamento del Cauca ejemplifica perfectamente todo esto. Aparte de dejar bien en claro que un par de lágrimas apenas visibles secretadas por un soldado (cuya integridad física fue respetada) logran conmover a medio país mucho más que la muerte de un indígena, permite también dimensionar cuán arraigados y extendidos están hoy tanto los prejuicios contra los pueblos nativos como la convicción de que que el gasto ingente en metralla es el único camino al que debe orientarse el país en la búsqueda de la seguridad, así sea preciso mantener intacta la injusticia social en la que hunden sus raíces muchas de las problemáticas que atenazan a este país.
¿Cuánto tiempo transcurrirá antes de que la penumbrosa consciencia del pueblo colombiano se ilumine en el entendimiento de que si algo ampara el endemismo de la violencia y la corrupción es esa indolencia e importaculismo con su realidad?

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