martes, 17 de julio de 2012

La enfermedad del nacionalismo


No pocas personas en el mundo se han ido sumando a la toma de consciencia sobre el rumbo que éste está tomando, especialmente en lo tocante a aquellos factores que influyen en la degradación ética y moral de la humanidad. Al menos esa es la impresión que ofrecen las cada vez más multitudinarias y denodadas agitaciones sociales que recientemente han estremecido los cimientos del despotismo, la corrupción, el oscurantismo religioso, el progreso desigual y a costa de la naturaleza, etc. Sin embargo, de todos los flagelos que azotan a la humanidad ninguno es tan desatendido y quizá tan subestimado como el del nacionalismo exacerbado (principalmente el de tipo étnico-cultural), y no me explico cómo puede relativizarse un fenómeno que desde tiempos inmemoriales empuja al ser humano hacia su propia aniquilación.  




Imagen obtenida de Libcom.org

¿Qué mal puede subyacer en ese amor a la patria con el que nos han educado desde la más temprana edad, en esa pasión tan absorbente que nos hace sentir orgullosos y únicos? En que es un afecto que tiene al egoísmo y la locura por esencia. En un mundo donde pueblos y culturas siempre han propendido a la integración y al intercambio en respuesta a distintas dinámicas sociales o al simple llamado de su naturaleza humana, no puede menos que estimarse irracional una ideología que propugna que un grupo étnico (conjunto de personas que comparten un acervo cultural, histórico y lingüístico común) en aras de la preservación identitaria debe parapetarse tras fronteras trazadas únicamente por su imaginación, para proteger el derecho que cree tener sobre el pedazo de tierra donde se asienta solo en virtud de su predominancia demográfica y antigüedad,  y en detrimento de los grupos minoritarios con los que lo cohabita. Este tipo de apego patriotero es tal vez el más delirante y peligroso que existe, por cuanto se caracteriza por su reparo enfermizo en las diferencias entre grupos humanos y hacer de ellas principios de exclusión, además de que sólo puede sustentarse en la demagogia, el victimismo y la tergiversación histórica para sobrevivir. 

Como todo cáncer, el nacionalismo trasciende sus focos primarios y busca inocularse en otros espacios de la sociedad que tradicionalmente estuvieron apartados de los tejemanejes de la política, con predilección por aquellos donde evidentemente bulle la pasión y palidece la razón, como el barrismo futbolero (Ejemplo: el fútbol español). ¿Cómo iba a ser de otra manera si para su triunfo y perduración el nacionalismo precisa de la movilización de entes desposeídos de autonomía, vacíos de formación política e histórica, criados en la cultura de masas, y por lo tanto susceptibles a toda manipulación como el hincha de fútbol? ¿No es esa en últimas su auténtica finalidad, el control social, la ambición de poder de un élite mimetizada con un sistema de creencias? El orgullo patrio exige abandonarse a un voluntarismo ciego, aborrece el librepensamiento porque es la fisura que amenaza con su colapso.

Hoy en día ya no son los nacionalismos unitarios los que despliegan estos niveles de fanatismo, sino los nacionalismos centrífugos y disgregadores, que hacen acopio del rencor y el etnocentrismo para darse auge. En una próxima entrega me ocuparé de esta clase de nacionalismo y de sus referentes tanto en Colombia como en el contexto internacional.

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