Ya es una tradición en una tragedia de país como Colombia, tan obediente a su naturaleza resignada pero tan resistente a encarar los problemas con honesta auto-crítica, que el común de sus habitantes se extravíen en ensoñaciones pueriles y prefieran delegarle la solución de todas sus tribulaciones a la dudosa misericordia de su catolicidad, o en su defecto, a la clase dirigente corrupta que su estupidez legitima. Y no hablo de embuste patriotero de "Colombia es Pasión" con que los medios de comunicación (tan vapuleados en este blog) le lavan el cerebro a ellos y a extranjeros incautos, sino al bombardeo incesante de contenidos insustanciales que se promocionan con inmerecida relevancia. Como si ya no fueran suficientes narcóticos el concurso de belleza de Cartagena, las transmisiones de fútbol local y foráneo y los realities, ahora enciman la transmisión de la famosa boda real.
¿Cómo no va a campear la corrupción en un país que le presta tanta atención a bagatelas como esta? ¿Qué otro interés -además del de distraer a las masas de este sufrida patria- subyace en todo este despliegue mediático al egoísmo de una institución anacrónica y parásita como la realeza británica, siempre tan indiferente a la pobreza y la miseria del mundo?
Yo sabía que la sociedad colombiana era xenófila, e incluso que se complacía con cualquier superchería orquestada por la prensa, pero no me convencía del todo como ahora la idea de que lo más pobre de Colombia y sus habitantes es en definitiva su autoestima.
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