Cortesía de Matador Cartoons
Ni los desfalcos a la salud o a los damnificados por el invierno, ni el carrusel de la contratación, ni el expolio de tierras a campesinos y comunidades ancestrales, ni la rapiña de las transnacionales, entre otras arbitrariedades han sido hasta la fecha lo suficientemente explosivas para sacudir la conciencia del colombiano de a pie, que se limita a contemplar las injusticias con indolencia ¿O es más exacto decir resignación?
Tal vez conformidad sea la palabra que mejor designe esta actitud. Realmente no puede esperarse otra cosa de un pueblo que desde que tengo memoria vive familiarizado con la injusticia y la deshonestidad en todas sus manifestaciones y en cada una de las esferas sociales. Basta con recordar hechos tan cotidianos como pasarse el semáforo en rojo, los sobornos (cuando no son agresiones) a los policías de tránsito, la falta de ética comercial, y colarse en la fila para pensar en la ilicitud, no como un flagelo, sino como un símbolo patrio más de este condenado país.
Colombia es suelo fértil para la semilla de la corrupción, y como los casos son tan desbordantes, es preciso abordar el tema de manera esquemática y comparativa: mientras en otros países procedimientos desarrollados para amedrentar a la oposición política son razón suficiente para que dimitan sus presidentes, en Colombia estos le permiten llegar sin mayores inconvenientes al final de su periodo de gobierno e incluso aspirar a reelegirse. De igual manera, en países como España el cohecho y las adjudicaciones a dedo tienen sanciones que la justicia colombiana administra con notoria lenidad y que todavía mantienen en sus cargos a funcionarios públicos (que lo diga Samuel Moreno que como mucho logró tres meses de suspensión, y todavía tiene la desfachatez de asegurar que renunciar no está en sus planes). Y es que hasta países como la India son más ejemplarizantes a la hora de sacudirse de los abusos de corporaciones transnacionales, mientras el Estado colombiano, con la genuflexión que le caracteriza, les permite hacer lo que les plazca con los recursos naturales y los derechos humanos a cambio de compensaciones mezquinas.
Todas las condiciones están dadas para que la corrupción y la injusticia prosperen en este país. ¿Cómo iba a ser de otra manera si en el mismo imaginario colectivo del pueblo colombiano se inserta la demonización de la protesta contra las injusticias, clasificándola como una "manifestación mamerta"? Definitivamente la ignorancia es la mayor legitimación de la corrupción.

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