jueves, 3 de febrero de 2011

COLOMBIA: DE REGIONALISMOS Y ESCAPISMOS



Entrada relacionada: Regionalismos y demás pendejadas.


No es tan difícil comprender porqué el colombiano promedio es tan propenso a perderse en ensoñaciones, si se considera la suerte que le tocó de nacer en un país pobre, con una autoestima aún más pobre, magullado por décadas de derramamientos de sangre absurdos y una demoledora corrupción. Frente a una realidad tan desabrida, la única salida parece entregarse a la misericordia de las fantasías nacionalistas, someterse a la manipulación de los demagogos instalados en el poder y los medios de comunicación, portadores de la misión de pregonar ese mito de que además de café o esmeraldas, todo lo que exporta esta Banana republic es tremendamente excepcional, envidiado, apetecido o codiciado por el resto del orbe.


Pero como si el escapismo del orgullo patrio fuera narcótico insuficiente, ahora asistimos a la intensificación de los regionalismos, que en Colombia en realidad tienen perspectiva de nacionalismos secesionistas. Pero tal vez lo más llamativo del tan ensalzado arraigo provinciano no son las transformaciones sociales que tanto pontifican sus defensores, sino su propósito subyacente de ocultar las realidad. Ejemplo inequívoco son los sectores más ortodoxos en Medellín y Cali, que se rasgan las vestiduras por cada medio - nacional o extranjero- que documente sin omisiones simplemente la verdad. Y como cabe esperar de regiones que se inquietan más por la imagen que transmiten al mundo y no tanto su propio bienestar, el contraataque suele ser el esperado: en lugar de hacer mea culpa y diseñar una política seria enfocada en acabar de raíz con este problema, se pretende hacer frente a todas las críticas agudizando las campañas mediáticas que describen más bien a lejanas y prosperas urbes donde fluyen la leche y la miel, adoradoras del hormigón, donde la sonrisa es un músculo facial permanente en las personas, y no las cloacas hirvientes en miseria, desigualdad y anarquía que nos toca vivir, que a fuerza de optimismo muchos siguen llamando "ciudades".








Ahora, ni que decir de los apelativos que acompañan los nombres de las ciudades, que también permiten dimensionar la pobre sintonía entre el sentir de la población y la realidad: hablamos de "Atenas suramericanas (Bogotá se lo gana con meritos, a juzgar por las ruinas de la 26), "ciudades de la eterna primavera" (porque la especie floral que más abunda es la del gladiolo), o "sucursales del cielo" (tal vez por ser una fábrica de almas que surte el cielo de verdad), entre otros títulos, invocados por el pletórico ingenio de un poeta, o por el autoengaño de un pueblo.

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