Está muy generalizado, sobre todo en Colombia, el desconocimiento sobre las implicaciones que entraña vivir en una democracia. La mayoría de las personas reduce la participación que ésta otorga a todos los estamentos sociales al copioso papeleo de cada proceso electoral, dejando de lado su auténtica esencia y significado, que es un mayor compromiso por parte de sus integrantes con el desarrollo y bienestar de la sociedad. A juzgar por el actual estado de cosas, dicha noción del ejercicio democrático no está muy presente: desde la perspectiva del ciudadano del común, tal responsabilidad concluye en el momento en que entrega su aval a un funcionario público o conjunto de ellos con la esperanza de que resuelva los problemas del país (la esperanza, claro está, no pasa de ser un supuesto cuando votar se ha trocado en una rutina irreflexiva); a partir de entonces considera su compromiso con los asuntos políticos y sociales zanjado y se desentiende de ellos. Este rol pasivo del ciudadano a todas luces es preocupante, pero quizá no es una manifestación de incultura cívica tan vergonzante como la apatía política.
Asistimos a una época en la que ese ciudadano autómata viene siendo desplazado por el ciudadano apolítico. La desidia hacia las cuestiones del Estado parece haber ganado terreno en la población en los últimos años, lo cual puede palparse en la creciente abstención electoral y en la poca claridad sobre el acontecer político y la finalidad de las instituciones democráticas. Esto se ve particularmente acentuado entre los jóvenes, que aunque permanezcan expuestos al gran flujo de información de las redes sociales, el interés de muchos de éstos por los temas de orden público sigue siendo exiguo y su ocasional inmersión en ellos a menudo torpe, más impulsada por las modas que explotan la cultura contestataria que por una búsqueda consciente y sincera de la verdad. Debe observarse igualmente que este desinterés ya no se origina únicamente en viejas decepciones electorales, sino en la comodidad y el vano prestigio social: por una parte, están los apolíticos por pura molicie, que ven en la política una materia demasiado compleja y tensionante como para despertar algún interés, y para quienes es más sencillo hacerse a la idea de que la existencia del concejal, diputado, congresista, presidente, etc, le exonera de toda preocupación y cuidado por el funcionamiento del Estado, y que a nosotros los ciudadanos sólo nos corresponde ser espectadores distantes y silenciosos de su gestión. Por otro lado también están los apolíticos por razones sociales, los cuales se mueven en un entorno social donde la incultura democrática no sólo es bien vista sino celebrada, pues el imaginario popular alberga la absurda idea de que estar al tanto de estos temas y de manera tan pormenorizada es propio de gente aburrida y mamerta.
Sin embargo poco interesa de qué modo se desdeñe la política, las consecuencias siguen siendo las mismas. El ciudadano de a pie debe concienciarse de cuán nociva es su ingenuidad al creer que la política es una suerte de mundo paralelo con leyes propias que no le afectan, o en su defecto, que delegar en los funcionarios públicos la totalidad de sus deberes civiles es hacer democracia. De la abdicación al seguimiento de la política sólo se desprende una catastrófica legitimación a la burocracia, la injusticia social y la corrupción en todas sus manifestaciones, males que socavan progresivamente el bienestar de la comunidad. Nada complace tanto al político deshonesto como la proliferación de la abulia ciudadana: esa ausencia de iniciativa y espíritu inquisitivo para con las estructuras de poder es la mejor garantía que la realización de sus fechorías podría recibir. Sin duda la apolitica es la apuesta más estúpida que toda persona puede llegar a hacer. Una democracia auténtica involucra de manera proactiva a toda la ciudadanía, exige de todos y cada no de sus componentes un compromiso inclaudicable con su correcto funcionamiento, que no se limita a sufragar en una urna al final de cada periodo de gobierno sino que se extiende a ejercer permanente veeduría, control y inspección del desempeño de los servidores públicos.
Cuanta razón tienes, de verdad que no acabo de entender a la gente que se queja y luego no hace nada por cambiar las cosas, a veces ni tan siquiera votar cuando llegan unas elecciones, ya no te digo a participar en manifestaciones o concentraciones.
ResponderEliminarLa verdad es que es lo que el poder propugna,la indiferencia, la idea de que no van a cambiar las cosas, de que todos son iguales que ellos.
En fin , es una labor de pedagogía constante, en mi casa a veces hasta me cuesta convencer a mi gente de que voten.
Un saludo compañero.
Tú lo has dicho amigo, es una labor de pedagogía constante. Al estar concientes de esa realidad social, es nuestro deber contribuir para que rescatar esa conciencia democrática.
EliminarUn abrazo. Feliz fin de semana.
Yo siempre he mantenido una posición independiente respecto a todo, lastima que atacan con el pensamiento ese de "o con nosotros o contra nosotros".
ResponderEliminarEn fin, el problema es que entre nosotros abunda la costumbre de "pasarnos la pelota" de los problemas de nuestra sociedad (no digo que por los problemas no haya culpables, sino que muchas veces tendemos a echarle la culpa a algo que no la tiene, por ejemplo: Los problemas y la desigualdad en América Latina son fueron ocasionados por el descubrimiento de América, cuando los españoles se robaron nuestro oro y así).
El problema no esta en que la gente conozca la politica, el problema es la polarizacion extrema que existe aqui
Saludos y buena entrada
La polarización es un asunto delicado, pero el de la incultura política es un problema real, y en un país como el nuestro Cedric ciertamente es mucho más grave, porque esa ausencia de compromiso con los temas del Estado es la principal legitimadora de la corrupción.
EliminarGracias por tu comment y tu visita.