Son 201 años en que lo verdaderamente inmarcesible ha sido la búsqueda de pretextos para las guerras y odios fratricidas, y en que el incremento de la desigualdad social ha sido directamente proporcional a la corrupción que, a propósito, nunca estuvo tan enraizada en las instituciones del Estado y en la clase dirigente como ahora.
Llegó el 20 de Julio, con toda su pompa y su fanfarria. Día en que el colombiano de pie se siente llamado (o forzado) a entonar con más aliento del habitual esas líricas de Oreste Sindici que el resto del año pronuncia de forma mecánica e irreflexiva, y a maravillarse con la solemnidad de las procesiones militares en calles y plazas bautizadas con nombres de próceres que desconoce, para celebrar la independencia que nunca llegó, o mejor, esa transición de poderes que comenzó hace 201 años con el estruendo de mosquetes y el traqueteo de las bayonetas: la sustitución de amo y de bandera, de la encomienda por la maquila, la Cruz de Borgoña por la omnipresente barriestrellada, camufladas en el tricolor que por este día ondea en balcones y aleros, pero que disimula muy pobremente la débil soberanía de este protectorado llamado Colombia.
Bandera del Estado libre asociado de Colombia
Son 201 años en que lo verdaderamente inmarcesible ha sido la búsqueda de pretextos para las guerras y odios fratricidas, y en que el incremento de la desigualdad social ha sido directamente proporcional a la corrupción que, a propósito, nunca estuvo tan enraizada en las instituciones del Estado y en la clase dirigente como ahora. Dos siglos y un año, y todavía seguimos insistiendo en una precaria solidez como país con base en un centralismo bogotano apático a los intereses de regiones, que aún hoy coquetean con el separatismo y persiguen la meta que conquistaron tempranamente Ecuador, Venezuela y Panamá.
201 años de comernos el cuento del "multiculturalismo colombiano", buscando ingenuamente con su mención eclipsar y alcahuetear el racismo de un pueblo que en pleno siglo XXI sigue mostrando una fijación enfermiza por el color de piel y la extracción social. 201 años en que la herencia discriminatoria española se ha conservado intacta y el sentido despreciativo de las palabras indio o negro no es desterrado del habla del colombiano de a pie, de ese que se victimiza en Europa cada vez que oye la palabra "sudaca" y que tanto se ufana de ser incluyente y cordial (con el extranjero, claro esta).
En fin, 201 años de mentiras.

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