martes, 16 de agosto de 2011
Regionalismos y demás pendejadas.
Si este mundial sub-20 realizado en Colombia pretendía despertar ese patriotismo marca "Colombia es Pasión", claramente ha fracasado en el intento, en vista de que su único logro ha sido la incitación a los estúpidos regionalismos que desde hace mucho, principalmente a través de redes sociales y foros virtuales, contribuyen a fragmentar aún más a este maltrecho país. Temas como la elección de las sedes, la inauguración que tuvo lugar en la ciudad de Barranquilla, y la transmisión de los partidos son por estos días la chispa que enciende el combustible de las rencillas regionales de las que se desprenden comentarios de esta clase: que la inauguración fracasó porque los costeños son "perezosos" (sic), que si esta se hubiera hecho en Medellín el resultado habría sido distinto (sic), que hay mucho centralismo en la emisión de partidos ya que la mayoría son en Bogotá, que la "rosca del eje cafetero" le arrebató la oportunidad a ciudades más importantes como Bucaramanga o Cúcuta de ser sedes del campeonato (sic), entre otros alegatos que solo supuran bilis e ignorancia y que confirman que el regionalismo no es más que una tara mental que priva a quien la padece de la objetividad y la cordura.
Puede que para los que tanto defienden el regionalismo todo lo anterior suponga una afrenta contra lo que en su criterio solo ofrece "efectos benéficos", pero la verdad es que no es mucho el esfuerzo que se requiere para discernir entre el sentimiento que debería vincular productivamente al individuo con el suelo en que nació, y el anormal/irracional/aberrante afecto por el terruño cimentado únicamente en un morboso desprecio por lo que reside o proviene de afuera de él, que es lo que comúnmente se acepta por regionalismo en Colombia, germen de una avalancha de grupos y páginas en Facebook que se dedican a propagar esa hiel con niveles crecientes de racismo. Una buena cantidad de bogotanos, por ejemplo, de esos que creen que la capital es la única ciudad que existe en el país, suelen distinguir entre dos grupos de personas en Colombia: los capitalinos "cultos y educados" y los provincianos "incivilizados", mientras no pocos paisas se ufanan en el convencimiento (bastante sobredimensionado por cierto) de que son los únicos que trabajan en Colombia, que son los más de los mases y que albergan una cualidad genética ancestral que los singulariza, a pesar de que hace muchos años la realidad demográfica de su región hace de esta obsesión por parecer "más vascos" un mal chiste. Cabe anotar que en el acicate de ese chauvinismo xenofóbico también tienen su cuota de responsabilidad la prensa deportiva (considerando la estrecha relación del fútbol colombiano con el regionalismo) y canales como RCN y Caracol, siempre conocidos por resistirse a introducir mayores ingredientes culturales en su parrilla televisiva en lugar de realities insustanciales como "el Desafío de las regiones" o novelas llenas de estereotipos regionales ramplones.
Otra razón que me impele a detestar esta enfermedad del regionalismo es el lavado de cerebro que inevitablemente ejerce sobre quienes fueron criados con él. En Colombia es habitual que ese sentimiento magnifique los atributos o las virtudes de ciertas regiones a los ojos y a los oídos de sus habitantes y oculte sus tachas, lo que les hace pasar del simple arraigo a una engañosa sensación de superioridad. De ahí que muchos interpreten los logros de su región como "sus" logros personales y al mismo tiempo como una autorización implícita a desdeñar de todo lo demás, pese a que la simple realidad pulveriza esa idea: los logros de terceros, por mucho que se esfuerce la imaginación, nunca serán logros propios por el simple hecho que compartan el mismo origen territorial; un edificio corporativo, un sistema de transporte, jamás llegarán a ser posesiones personales. Los regionalismos, en últimas, al igual que los nacionalismos, solo son refugio de mentes desposeídas de voluntad y amor propio. Colombia siempre ha sido un país pobre en autoestima; Colombia es pasión después de todo.
"Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación"
Arthur Schopenhauer
viernes, 12 de agosto de 2011
Inmune a la vergüenza
El "honorable" Congreso colombiano, el mismo que no termina de atravesar por el vergonzoso proceso de la Parapolítica, el mismo que aún proporciona sus poltronas a los implicados en el escándalo de DNE y el mismo que se postró a los pies de Uribe y le entregó la poca dignidad que tenía (si es que le quedaba) a cambio de toda clase de prebendas, contempla hoy la posibilidad de revivir la
En un muy mediocre intento por dorar la píldora, Corzo propone este Proyecto de Ley con el argumento de que "hay que fortalecer al Legislativo frente al notable desequilibrio entre las ramas del poder". Sin embargo, a pesar de estas glosas, la asociación de este Proyecto de Ley con todos los escándalos de corrupción que han mancillado la reputación del Congreso en los últimos años, y específicamente con los procesos judiciales que tienen a 45 parlamentarios al borde de la desesperación (entre los que se cuenta el mentado presidente y ponente del proyecto) es evidente.
¿A quién pretende engañar el señor Corzo? ¿Por qué situar la preocupación por el "desequilibrio entre los poderes" justo en el momento en que las investigaciones de la C.S.J. amenazan con despojar de su investidura y curul a él y sus compañeros? ¿Es tan grave su situación jurídica que la doble instancia que recién propuso el Consejo de Estado no supone para ellos una garantía fiable?
sábado, 6 de agosto de 2011
El Arte de habitar
Siempre he visto en la diversidad cultural y étnica de Colombia, así como en la exuberancia de su flora y fauna, un tesoro mucho más invaluable que todas las reservas minerales o extensiones de tierra fértil que tanta codicia despiertan en unos pocos; riqueza no valorada por cuanto no es bien entendida. La discordia, entre tantas otras calamidades, es la que más encuentra en estas tierras fecundas en rencor el alimento necesario para sobrevivir y reinar al paso de los años, palpitando con furia en lo que llamamos regionalismo por fuerza de la costumbre por no darle la denominación de xenofobia que reclama: ese odio maniático a todo lo que mora, crece o respira fuera de la región natal; la extraña veneración de lo propio estimulada por la tirria a un acento diferente, a un folklore diferente, mientras se alucina con un espejismo de prosperidad. Este país empezará a transitar por verdaderas sendas de progreso cuando nos entendamos como lo que somos y lo que podemos llegar a ser, una heterogeneidad orgullosa y tolerante. En la siguiente columna publicada en EL Espectador titulada "El Arte de habitar", William Ospina realiza una magnífica radiografía de la complejidad cultural del país, cuya lectura recomiendo:

Este territorio es una suerte de rompecabezas y los mapas muestran apenas una parte de la realidad, un aspecto de las cosas que existen. Para entender un mundo hay que superponer mapas de suelos, de cultivos, de climas, de cursos de agua, de fenómenos atmosféricos, de períodos históricos, de poblaciones, de culturas. Como diría Borges, el mejor mapa es la realidad y el mejor aprendizaje la vida misma.
Mirando el mapa, uno creería que Medellín y Santafé de Antioquia tienen muchas cosas en común, pues pertenecen al mismo departamento. Lo mismo podríamos creer de Cali y Buenaventura, de Popayán y Guapi, de Pasto y Tumaco, de Manizales y La Dorada, de Bogotá y Girardot, de Tunja y Puerto Boyacá, de Bucaramanga y Barrancabermeja. Pero en más de un sentido no hay sitios más distintos.
Se diría que Colombia es varios países, que cada uno llega a cierta altura. Un país desde el nivel del mar hasta los ochocientos metros: de mares, de ríos, de lanchas, de luz madura, de sensualidad a flor de piel; otro país desde los ochocientos hasta los mil seiscientos: de bosques floridos, de cafetales, de platanales, de ciudades llenas de vegetación; otro de los mil seiscientos para arriba: de abismos, de niebla, de lloviznas, de páramos, de pueblos sombríos, de montañas misteriosas y de nieves perpetuas. Por eso las ciudades que se parecen entre sí y parecen pertenecer a la misma región son Pasto y Tunja, Cali y Villavicencio, Leticia y Magangué, Medellín y Armenia. Y lo que parece un error son más bien las divisiones políticas dictadas por la mera cercanía física.
Durante mucho tiempo Bogotá gobernaba el país como si todo estuviera a dos mil seiscientos metros de altura, como si aquí no hubiera tierra caliente, ni selvas, ni caimanes, ni anacondas, ni guacamayas, ni hormigas arrieras. Como si aquí no hubiera comunidades indígenas, ni descendientes de esclavos africanos, como si no se hablaran ochenta lenguas distintas, y Colombia fuera un país de gente blanca, católica, europea; de muebles vieneses y humor británico; de gabardinas y paraguas negros bajo una lluvia eterna y gris. Los presidentes de la República visitaban a veces con sus ministros a Cartagena o a Mompox enfundados en sacolevas negros, y la gente no acababa de saber qué velorio era aquel.
Aquí basta viajar tres horas en cualquier dirección para encontrarse en otro país: para ir de la resolana a la niebla, de la alegría a la melancolía, de la extroversión al silencio, de las praderas a los abismos, de la selva al desierto, de la sequía a la inundación. Todo esto parecería un problema y una dificultad, pero es todo lo contrario: una lección de riqueza y, bien leído, bien entendido y bien celebrado, ha debido enseñarnos hace tiempos el respeto de la diversidad, la alegría de la pluralidad, la belleza de los contrastes. No hay nada más diverso, más entretenido, que viajar aquí diez horas por tierra, de Bogotá a Cali, de Medellín a Cartagena, de Bucaramanga a Santa Marta, de Buenaventura a La Dorada
Colombia es exuberante, pero ¿cómo sería cuando el río Magdalena estaba lleno de caimanes, cuando la sabana de Bogotá estaba llena de venados, cuando por los cielos de Cundinamarca cruzaba el vuelo enorme de los cóndores que le dieron su nombre? Porque Cundinamarca significa, o significaba, “el país de los cóndores”.
Hemos tenido pésimas costumbres, y quizá la peor es la manía de exterminar la fauna silvestre. Uno de los peores vicios que llegaron de Europa fue la cacería inútil: empezaron su trabajo los rifles y las carabinas, y no quedó un tigre en Risaralda, ni un armadillo en Caldas, ni un saíno en Córdoba, ni un cóndor en Cundinamarca, ni un venado en la Sabana, ni un caimán en el Magdalena ni una babilla en el Cauca, ni una anaconda en el Meta. Y mejor no recordemos que hace un par de generaciones aquí no había muchacho que no llevara una honda de hilos de caucho para derribar pájaros por gusto.
No nos enseñaron que Colombia es el país con mayor variedad de aves del mundo, y que teníamos la oportunidad extraordinaria de convertirnos en grandes ornitólogos, observadores y conocedores de muchas especies de pájaros, o ser como Matiz y Rozo, los artistas de la Expedición Botánica, de quienes dijo Humboldt que eran los mejores dibujantes de plantas del mundo. Mejor les hubieran regalado a los muchachos binóculos para que se asombraran con los colores de los plumajes, con las formas de los azulejos y los toches, de los sinsontes y los carpinteros, de las torcazas y los barranqueros, en vez de reaccionar ante cada trino del camino con una piedra infame.
No hemos sido suficientemente agradecidos con la tierra en que vivimos. No le dan a uno el paraíso para que lo arrase, sino para que lo cultive y lo dignifique; no le dan tantos climas para que uno simplifique el mundo, sino para que comprenda su riqueza; no le dan tanta variedad de árboles para que uno convierta el hacha en el símbolo de una cultura, sino para que aprenda los nombres y las propiedades, las diferencias de las maderas y de las hojas.
Porque hay maderas balsámicas, como las llamaba Aurelio Arturo, y hay maderas dóciles al arte; y cuando es preciso derribar un árbol por alguna razón importante, hay que saber agradecer por él y convertirlo en objetos nobles. Hay árboles que entienden de música y árboles que saben de amistad, hay maderas que perfuman el mundo y cortezas milagrosas que curan y que enseñan.
31 Jul 2011 - 1:00 am
El arte de habitar
Por: William Ospina
Uno de los primeros deberes de la educación es enseñarnos a habitar el territorio, pero Colombia es un extraño país con el que no es fácil familiarizarse.
Mirando el mapa, uno creería que Medellín y Santafé de Antioquia tienen muchas cosas en común, pues pertenecen al mismo departamento. Lo mismo podríamos creer de Cali y Buenaventura, de Popayán y Guapi, de Pasto y Tumaco, de Manizales y La Dorada, de Bogotá y Girardot, de Tunja y Puerto Boyacá, de Bucaramanga y Barrancabermeja. Pero en más de un sentido no hay sitios más distintos.
Se diría que Colombia es varios países, que cada uno llega a cierta altura. Un país desde el nivel del mar hasta los ochocientos metros: de mares, de ríos, de lanchas, de luz madura, de sensualidad a flor de piel; otro país desde los ochocientos hasta los mil seiscientos: de bosques floridos, de cafetales, de platanales, de ciudades llenas de vegetación; otro de los mil seiscientos para arriba: de abismos, de niebla, de lloviznas, de páramos, de pueblos sombríos, de montañas misteriosas y de nieves perpetuas. Por eso las ciudades que se parecen entre sí y parecen pertenecer a la misma región son Pasto y Tunja, Cali y Villavicencio, Leticia y Magangué, Medellín y Armenia. Y lo que parece un error son más bien las divisiones políticas dictadas por la mera cercanía física.
Durante mucho tiempo Bogotá gobernaba el país como si todo estuviera a dos mil seiscientos metros de altura, como si aquí no hubiera tierra caliente, ni selvas, ni caimanes, ni anacondas, ni guacamayas, ni hormigas arrieras. Como si aquí no hubiera comunidades indígenas, ni descendientes de esclavos africanos, como si no se hablaran ochenta lenguas distintas, y Colombia fuera un país de gente blanca, católica, europea; de muebles vieneses y humor británico; de gabardinas y paraguas negros bajo una lluvia eterna y gris. Los presidentes de la República visitaban a veces con sus ministros a Cartagena o a Mompox enfundados en sacolevas negros, y la gente no acababa de saber qué velorio era aquel.
Aquí basta viajar tres horas en cualquier dirección para encontrarse en otro país: para ir de la resolana a la niebla, de la alegría a la melancolía, de la extroversión al silencio, de las praderas a los abismos, de la selva al desierto, de la sequía a la inundación. Todo esto parecería un problema y una dificultad, pero es todo lo contrario: una lección de riqueza y, bien leído, bien entendido y bien celebrado, ha debido enseñarnos hace tiempos el respeto de la diversidad, la alegría de la pluralidad, la belleza de los contrastes. No hay nada más diverso, más entretenido, que viajar aquí diez horas por tierra, de Bogotá a Cali, de Medellín a Cartagena, de Bucaramanga a Santa Marta, de Buenaventura a La Dorada
Colombia es exuberante, pero ¿cómo sería cuando el río Magdalena estaba lleno de caimanes, cuando la sabana de Bogotá estaba llena de venados, cuando por los cielos de Cundinamarca cruzaba el vuelo enorme de los cóndores que le dieron su nombre? Porque Cundinamarca significa, o significaba, “el país de los cóndores”.
Hemos tenido pésimas costumbres, y quizá la peor es la manía de exterminar la fauna silvestre. Uno de los peores vicios que llegaron de Europa fue la cacería inútil: empezaron su trabajo los rifles y las carabinas, y no quedó un tigre en Risaralda, ni un armadillo en Caldas, ni un saíno en Córdoba, ni un cóndor en Cundinamarca, ni un venado en la Sabana, ni un caimán en el Magdalena ni una babilla en el Cauca, ni una anaconda en el Meta. Y mejor no recordemos que hace un par de generaciones aquí no había muchacho que no llevara una honda de hilos de caucho para derribar pájaros por gusto.
No nos enseñaron que Colombia es el país con mayor variedad de aves del mundo, y que teníamos la oportunidad extraordinaria de convertirnos en grandes ornitólogos, observadores y conocedores de muchas especies de pájaros, o ser como Matiz y Rozo, los artistas de la Expedición Botánica, de quienes dijo Humboldt que eran los mejores dibujantes de plantas del mundo. Mejor les hubieran regalado a los muchachos binóculos para que se asombraran con los colores de los plumajes, con las formas de los azulejos y los toches, de los sinsontes y los carpinteros, de las torcazas y los barranqueros, en vez de reaccionar ante cada trino del camino con una piedra infame.
No hemos sido suficientemente agradecidos con la tierra en que vivimos. No le dan a uno el paraíso para que lo arrase, sino para que lo cultive y lo dignifique; no le dan tantos climas para que uno simplifique el mundo, sino para que comprenda su riqueza; no le dan tanta variedad de árboles para que uno convierta el hacha en el símbolo de una cultura, sino para que aprenda los nombres y las propiedades, las diferencias de las maderas y de las hojas.
Porque hay maderas balsámicas, como las llamaba Aurelio Arturo, y hay maderas dóciles al arte; y cuando es preciso derribar un árbol por alguna razón importante, hay que saber agradecer por él y convertirlo en objetos nobles. Hay árboles que entienden de música y árboles que saben de amistad, hay maderas que perfuman el mundo y cortezas milagrosas que curan y que enseñan.
domingo, 31 de julio de 2011
El Uribismo y sus delirios de persecución
Uno como ciudadano de a pie admite sin contestación el axioma de que la corrupción (así en abstracto) en cualquiera de sus manifestaciones debe ser castigada con todo el rigor de la justicia. Pero en este país, la polarización ideológica e incluso los apegos regionalistas a menudo dan al tema un trato palpablemente selectivo. Un muy buen ejemplo de esto podría ser la avalancha de casos aberrantes de cohecho, desfalcos, violaciones a los derechos humanos y nepotismo que nos legaron los dos periodos presidenciales de Uribe, por los que ahora comparecen sus artífices ante la palestras judiciales y ante la desaprobación de buena parte de la opinión pública, pero que también tienen el recibo minimizador - o en el peor de los casos, indulgente- del lenguaje uribista, que paralelamente señala con fiereza la "politización" de la justicia cada vez que afecta los intereses de sus cabecillas, pero que la ensalza cuando los investigados/sentenciados pertenecen a la izquierda. Así, son notorios sus esfuerzos por convertir el caso de las relaciones prohibidas entre Samy Moreno y los Nule y las imputaciones a Piedad Córdoba por la Procuraduría en la cortina de humo perfecta para tamizar las calaveradas del Uribismo.
Ese sesgo en la percepción del delito es peligroso. La corrupción no puede tener fronteras ideológicas: Tan denostable es la forma indecente como se adjudicaron obras en Bogotá, como las relaciones de Piedad Córdoba con la guerrilla, y los desfalcos y cohechos que caracterizaron al Gobierno de Uribe, sin olvidar sus falsos positivos. La presunción de que todas las investigaciones por corrupción son parte de una "persecución política contra el uribismo" es un insulto a la inteligencia.
miércoles, 20 de julio de 2011
COLOMBIA: 201 AÑOS DE MENTIRAS
Son 201 años en que lo verdaderamente inmarcesible ha sido la búsqueda de pretextos para las guerras y odios fratricidas, y en que el incremento de la desigualdad social ha sido directamente proporcional a la corrupción que, a propósito, nunca estuvo tan enraizada en las instituciones del Estado y en la clase dirigente como ahora.
Llegó el 20 de Julio, con toda su pompa y su fanfarria. Día en que el colombiano de pie se siente llamado (o forzado) a entonar con más aliento del habitual esas líricas de Oreste Sindici que el resto del año pronuncia de forma mecánica e irreflexiva, y a maravillarse con la solemnidad de las procesiones militares en calles y plazas bautizadas con nombres de próceres que desconoce, para celebrar la independencia que nunca llegó, o mejor, esa transición de poderes que comenzó hace 201 años con el estruendo de mosquetes y el traqueteo de las bayonetas: la sustitución de amo y de bandera, de la encomienda por la maquila, la Cruz de Borgoña por la omnipresente barriestrellada, camufladas en el tricolor que por este día ondea en balcones y aleros, pero que disimula muy pobremente la débil soberanía de este protectorado llamado Colombia.
Bandera del Estado libre asociado de Colombia
Son 201 años en que lo verdaderamente inmarcesible ha sido la búsqueda de pretextos para las guerras y odios fratricidas, y en que el incremento de la desigualdad social ha sido directamente proporcional a la corrupción que, a propósito, nunca estuvo tan enraizada en las instituciones del Estado y en la clase dirigente como ahora. Dos siglos y un año, y todavía seguimos insistiendo en una precaria solidez como país con base en un centralismo bogotano apático a los intereses de regiones, que aún hoy coquetean con el separatismo y persiguen la meta que conquistaron tempranamente Ecuador, Venezuela y Panamá.
201 años de comernos el cuento del "multiculturalismo colombiano", buscando ingenuamente con su mención eclipsar y alcahuetear el racismo de un pueblo que en pleno siglo XXI sigue mostrando una fijación enfermiza por el color de piel y la extracción social. 201 años en que la herencia discriminatoria española se ha conservado intacta y el sentido despreciativo de las palabras indio o negro no es desterrado del habla del colombiano de a pie, de ese que se victimiza en Europa cada vez que oye la palabra "sudaca" y que tanto se ufana de ser incluyente y cordial (con el extranjero, claro esta).
En fin, 201 años de mentiras.
martes, 21 de junio de 2011
El clasismo de las telenovelas colombianas
Pueden cambiar los titulos, el lugar o la época en que se ambientan estas producciones, pero la historia sigue siendo la misma: la típica del "amor" entre dos personas unidas por el "destino" (o por sus ansias de escapar de la rutina de su entorno), que viven su idilio rodeados de incontables dificultades surgidas del desencuentro entre las clases sociales de las que provienen: los lujos y hasta las extravagancias de uno de los protagonistas contrastan con las habituales carestías y la forzosa frugalidad del otro. Los obstáculos para esta aparentemente tan desinteresada relación los aportan siempre las familias y las amistades de los protagonistas (especialmente la del protagonista rico) una vez se enteran de ella y arremeten con toda su descarga de prejuicios para disolver la mentada unión. Ahora, muy a pesar de la manoseada premisa de "el amor rompe barreras sociales" que plantean hasta la saciedad, estas novelas transpiran un insoslayable clasismo, patente en el deliberado empeño de los guionistas, directores y hasta los actores de recrear lo que a su juicio define al pobre: ser grotesco, inculto, bullanguero, fanático y violento, en oposición a la etiqueta, el refinamiento y el "altruismo" que exhiben las clases altas. Después de mil penurias y malentendidos, estos dramones concluyen que el protagonista pobre estaba desde el principio destinado al ascenso social, y la relación con su cónyuge rico constituye ante todo un privilegio que ningún otro de su clase ha conseguido, pues es el trampolín que lo catapulta a la élite.
Poco interesa si se llama "Chepe Fortuna", "A Mano Limpia", "Padres e hijos", "Los Reyes", "Hasta que la Plata nos Separe", o "El Joe, La Leyenda", es ostensible la dependencia de la novela colombiana a este tema y a su filosofía rebosante de hipocresía. Si, hipocresía, porque es un tema que no guarda ninguna consonancia con la realidad de un país donde el estatus e incluso la raza condicionan en la mayoría de casos el progreso y las relaciones sociales, acentuado por el hecho de que la mayoría de actores, directores y guionistas de estas novelas pertenecen a prestantes familias célebres entre otras cosas por su marcada práctica de la endogamia y el racismo. Este tipo de programas no pasan de ser una fantasía con que el colombiano de a pie se autoengaña y se cierra a creer que el mundo de afuera es tan igualitario como las novelas se lo pintan.
martes, 7 de junio de 2011
Blogs: prepotencia y otros desatinos.
Sigo con este tema de los blogs que se especializan en la crítica, quizá por que siempre se encuentra algo significativo en este mundo, o sencillamente por pura falta de oficio.
Es que de nada sirve criticar al sistema si la emoción es el único combustible que impulsa este ejercicio, siempre en detrimento de la razón, como acontece con un millar de páginas cuyos administradores exteriorizan de la forma más pueril o un descomunal resentimiento o el más ciego de los optimismos, según su orientación política/religiosa o vivencias personales, dándose el caso de que es difícil en muchas ocasiones distinguir una de la otra. Es común en estos blogueros, que creen haber escriturado la verdad absoluta, maquillar todos sus prejuicios ideológicos, religiosos y hasta raciales con el barniz de la libertad de expresión, a la que por cierto no están muy dispuestos a respetar a la hora de enfrentar opiniones opuestas.
La radicalización de estos sitios es tal, que para todo el que se aparte de su cosmovisión tienen asignado todo un repertorio de epítetos y descalificaciones que solo consiguen delatar su pobre capacidad para sostener un debate de altura.
En fin, la prepotencia nunca antes fue tan patente como en ciertos blogueros que instrumentalizan la crítica con el único objetivo de vanagloriarse y desahogarse, no tanto de la dura realidad del país o del mundo, como si de todos sus resentimientos y frustraciones.
En fin, la prepotencia nunca antes fue tan patente como en ciertos blogueros que instrumentalizan la crítica con el único objetivo de vanagloriarse y desahogarse, no tanto de la dura realidad del país o del mundo, como si de todos sus resentimientos y frustraciones.
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